Mis primeras fotos
No existen; nunca las vi. Sucedió en un viaje al terminar la primaria, tendría unos 12 o 13 años. Fuimos a Valle de Bravo y mi madre me regaló una cámara Kodak Instamatic con un rollo 110 a color.
Contrario a lo que se podría pensar, no fotografié a ninguno de mis compañeros. En su lugar, me deleité observando los cerros circundantes, cubiertos de hierba y en constante cambio de tonalidades a causa del viento que arrastraba nubes oscuras.
Pero por alguna razón que apenas ahora entiendo, nunca revelé el rollo. Lo guardé en un cajón y me acompañó en varias mudanzas; el carrete intacto, sin revelar. Hasta que un día decidí tirarlo a la basura, sin haber visto jamás mis primeras fotografías.
Mis segundas "primeras fotos"
Ya adulto, llegó a mis manos mi primera cámara: una Canon EOS 1000 N. Con ella vino la oportunidad de una escapada con un amigo a los pueblos a las faldas de los volcanes.
En esa escapada tomé varias fotos, sin experiencia alguna, solo por gusto, dejando que la intuición me guiara. Un compañero de trabajo se ofreció a revelar el rollo y, cuando me entregó el resultado, solo atinó a decir que había logrado algunas tomas muy buenas.
Sin llegar a convencerme de aquel comentario —como podía haber tomado buenas fotos si apenas sabía manejar la cámara— enmarqué esas fotos y por un tiempo estuvieron en alguna pared, hasta que, de nuevo, por razones en aquel entonces inexplicables, terminé por descolgarlas y deshacerme de ellas.
Rescatadas
Esa cámara Canon —que aún conservo— me acompañó en varias etapas: testificó mi segundo matrimonio, el nacimiento de mis hijas y fue una gran compañera en un viaje de trabajo, por varios meses, a España y Francia.
Viaje el cual entremezclé con la vida familiar y el gran deseo por conocer Europa.
En Madrid adquirí un par de lentes adicionales -mi Canon solo tenía uno, el del kit de compra-, lo que amplió las posibilidades que tenía ante mi. En la semana limpiaba todo, la cámara, los objetivos, y dejaba todo listo para que, a partir del viernes por la noche, nos prepararamos para salir a conocer.
Revelaba cada rollo en un laboratorio cercano del departamento que rentamos, por el metro Prosperidad. Cada paquete de fotos impresas era una oportunidad para ver cómo iba mi progreso. Las fotos quedaron bien, ¡me sentí, y me siento orgulloso de lo que logré! Todo sin automatismos, en una época en que los teléfonos celulares eran solo teléfonos, sin cámaras, sin hacernos sentir fotógrafos automáticos.
Intuición, pura intuición
Ser autodidacta exige poner mucha atención a cada paso que das. No hay nadie que te diga si acertaste o si te estás equivocando, no hay maestros que te “ahorren” descalabros. Ese viaje fue mi primer acercamiento real a la fotografía. Capturé todos los lugares que visitamos, ¡más de mil fotos! Todas en modo manual, con el riesgo a equivocarme, aprendiendo sobre la marcha y esperando que las imágenes salieran bien.
Conservé, y aún conservo, algunos negativos; muy pocos. Algunos digitalizados, otros, guardados en alguna parte, esperando una oportunidad.
Pero en realidad, mi viaje en la fotografía apenas comenzaba, fueron los primeros atisbos. Aún faltaba que prendiera en mí esa chispa, esa descarga de energía que me llevaría a profundizar, a pasar horas aprendiendo por mi cuenta, caminando por calles y avenidas, encorvado frente a una sencilla computadora, para mejorar hasta obtener una “voz” visual propia.
Pero esa es otra historia o, mejor dicho, otra etapa de este viaje que narraré en esta bitácora.