Instrucciones

Cinco minutos después de nacer, van a decidir tu nombre, nacionalidad, religión y secta, y pasarás el resto de tu vida defendiendo desesperadamente cosas que no elegiste. Frase atribuida a Jiddu Krishnamurti. Filósofo y pensador indio.
Ilustración creada bajo la dirección creativa del autor mediante el uso de Inteligencia Artificial

Al salir del hospital donde nací, portaba una cobija, un nombre y una religión; nada de ello era elección mía. Crecí alimentando mi niñez con todo lo que mis padres me brindaban: heredé su idioma, saboreé los platillos de nuestra cocina y absorbí sus costumbres como si fueran una ley natural. Cada domingo, muy temprano, mi madre me llevaba a misa, en la cual, ponía mucha atención a lo que predicaban. De forma cotidiana, mis oídos escuchaban todo tipo de refranes, los cuales funcionaban como fórmulas de vida, a pesar de sus evidentes contradicciones.

Sin embargo, a diferencia de lo que sugiere Jiddu Krishnamurti, conforme crecía empecé a cuestionar lo aprendido. Por alguna razón, muchas de esas verdades dejaron de encajar. Crecí con instrucciones bienintencionadas que, al intentar arraigarse en mi mente, quedaban huérfanas. Con el tiempo, el número de dudas aumentó y etiquetas como “rebelde” o “inadaptado” comenzaron a perseguirme.

En mi larga adolescencia, procuré encontrar sentido a una gran cosas que ya lo habían perdido. No podía defender todo lo que no resonaba en mi.

Pero esos vacíos no podían quedarse así, los huecos, intuitivamente, sabía que necesitaba llenarlos. Recurrí, sin intención, a algunos documentales que la televisión abierta transmitía casi por casualidad. Siguieron libros, revistas, más documentales, más libros, hasta comenzar a encontrar pistas y deducir.

Seguimos una religión por accidente, hablamos un idioma por accidente, somos consecuencia de un accidente de lugar y tiempo. Si hubiera nacido en este mismo sitio hace 550 años, hablaría otro idioma, sería devoto de otros dioses, mis miedos y mis conductas serían distintos. Pero un espermatozoide, entre millones, en el momento justo, fecundó a un óvulo, entre miles, por accidente. Eso soy, un accidente de la vida.

Y en el momento en que lo supe, con lecturas y terapias, con tropiezos y aciertos, decidí, al fin, que puedo dejar de ser un accidente más, y tomar el control de mi vida. Con ayuda o no, escribo nuevas instrucciones, ahora dictadas por mi, acerca de como quiero vivir y hacer a partir de hoy, y durante todos los años que me faltan por vivir.