Este año se cumplen tres décadas y media de aquel taller de narrativa en El Juglar, en la colonia Guadalupe Inn. Treinta y cinco años han pasado desde que decidí, por primera vez, tomarme las letras en serio.
Mis primeros cuentos —breves ejercicios de apenas dos o tres cuartillas— contrastan con lo que produzco hoy. A pesar de las intermitencias impuestas por las prioridades y los conflictos internos, mi narrativa ha evolucionado; mis letras se han soltado, como quien finalmente suelta la lengua, permitiendo que las historias ganen complejidad y robustez.
Entre ellas destaca La casa gris, un cuento largo que nació durante mi primera “fiebre creativa”. De aquella época surgieron también Nepomuceno, El vendedor y Profilaxis. Sin embargo, ese impulso se vio frenado por la realidad: cambios laborales, necesidades económicas y una escasez de tiempo que me obligó a postergar la vocación. Así, resguardé las primeras versiones en el disco duro de una laptop sencilla, esperando un “mejor momento” que tardaría años en llegar.
Con el tiempo retomé algunas piezas y sumé otras nuevas, como Susurros o mis microcuentos Deseo que suceda, Casa de locos o La vio venir. Pero mi escritura más densa seguía pidiendo paso. Los intentos de novela se quedaron en eso: la exigencia de sostener una trama durante meses me rebasaba, atrapado entre el trabajo de supervivencia y mis otras pasiones: la pintura, la fotografía y el diseño web.
Pero la vida da giros inesperados. A finales de 2024, poseído por una nueva fiebre, me inscribí en el taller en línea GestaCuentos. Buscando material entre archivos de Word hoy obsoletos, hurgué en historias que me parecían inocentes hasta reencontrarme con una que siempre creí inconclusa. En mi memoria solo habitaban pasajes inconexos y fantasmales, por lo que nunca me había atrevido a revisar los seis archivos que la componían. Finalmente, me dije: “Veamos qué hay aquí”.
Hace poco más de un año redescubrí que cada archivo era un capítulo. Al unirlos en un solo documento y comenzar la lectura, la sorpresa fue mayúscula: la historia estaba completa de principio a fin. El desenlace me reveló por qué, al terminar el escrito en 1995, decidí bloquear ese relato de mi memoria y resguardarlo en disquetes y CDs. Mi intuición lo guardó esperando ese “mejor momento”, que por fin ha llegado.
Cuando escribí La casa gris, mi técnica era elemental; apenas daba mis primeros pasos en la narrativa. Sin embargo, al reencontrarme con ella, descubrí una historia sólida y emotiva. Era una semilla, la base perfecta que había esperado pacientemente “un mejor momento” para germinar.
Tras ese redescubrimiento, la necesidad de pulirla fue inevitable. Corregí la sintaxis y la ortografía antes de presentarla en el taller Gestacuentos. La recepción fue positiva, pero las observaciones fueron aún más valiosas. Así comenzó una reescritura profunda: afiné la ambientación, doté de textura al lenguaje e integré elementos que no existían en la versión original.
El resultado de ese trabajo intenso fue una nueva versión que volví a someter al escrutinio del taller. La sorpresa se repitió, pero esta vez con una premisa distinta: la historia daba para mucho más.
Había transformado aquel cuento plagado de errores en una nouvelle de 48 páginas, pero los comentarios coincidían en que apenas había rozado la superficie. Desde entonces, lo he reflexionado con calma. Mucha calma. El dilema ahora es definitivo: ¿dejar La casa gris como está, en esta versión que ya me satisface, o atreverme por fin a dar el salto y transformarla en una novela?