A lo largo de mi vida he sentido muchas veces —más de las que quisiera— que mi cabeza va a mil revoluciones mientras el mundo parece moverse en cámara lenta. Esta característica, central en las Altas Capacidades (AACC), a menudo se describe con la metáfora de tener un “motor de Ferrari en una carrocería de Fiat” (una analogía clásica del psicólogo Jean-Charles Terrassier).
Para muchos, esto puede sonar sensacional. ¡Un motor de Ferrari! Sin embargo, quiero compartir algunas experiencias personales resultantes de este pequeño motor que cargo; uno que, en este preciso instante, procesa varias cosas a la vez: escribo este ensayo, organizo una base de datos para un sitio web, escucho a Dire Straits y disfruto mi café matutino.
El mundo de la caligrafía
Hubo un tiempo en que la caligrafía era fundamental. No todos teníamos una máquina de escribir y, aunque la tuviéramos, no podíamos usarla para tareas cotidianas como tomar apuntes en la escuela.
Mi generación vivió un cambio drástico en la educación primaria. En primer año aprendí la letra manuscrita: unir cada letra sin levantar la mano del papel, tal como escribían nuestros padres y abuelos. Pero la frontera entre lo legible y el garabato era crucial; una buena caligrafía era indispensable para hacernos entender, incluso ante nosotros mismos. Pasamos gran parte de ese año haciendo ejercicios de motricidad para “soltar” la mano.
En segundo año llegó el cambio: no más manuscrita, ahora usaríamos la letra script. Durante años atribuí a este cambio mi terrible caligrafía. Mi letra es casi ininteligible, incluso para mí. No es solo una mezcla de estilos; es que dibujo las mismas letras de formas diferentes, omito grafías en medio de una palabra o las antepongo a otras. Mis escritos a mano son un reto para cualquier valiente que intente leerlos.
Si esto ocurriera solo en el papel, aceptaría la culpa del cambio escolar. Pero no es así. Llevo cuarenta años usando teclados y sigo “comiéndome” letras, alterando el orden de los caracteres o saltándome palabras enteras. ¿Será dislexia? O quizás, simplemente, los dedos no alcanzan la velocidad del pensamiento.
Siguiendo el mapa del tesoro
Cuando estudié análisis de sistemas, me enseñaron la secuencia lógica: analizar el problema, realizar un diagrama de flujo, codificar en papel y, finalmente, sentarse ante la computadora.
Al principio lo intenté. El profesor explicaba el problema y mis compañeros comenzaban sus diagramas. Sin embargo, pronto empecé a omitir pasos. Mientras el profesor terminaba de explicar, yo ya estaba sentado frente a la Radio Shack, programando directamente en Basic. Esta capacidad de “ver” la solución completa se replicó en mi vida laboral, permitiéndome desarrollar sistemas de estadísticas en una sola noche.
Eterna divagación de una mente analítica
¿Cuántas veces empiezo pensando en algo y termino en un lugar totalmente distinto? Siempre. Mientras escribo esto, he “brincado” entre la creación de tablas de datos, un vistazo a Facebook, una investigación sobre animales fantásticos en la Biblia y una lectura sobre cómo Ringo Starr escribió Octopus’s Garden.
¿Es todo esto grandioso?
Las Altas Capacidades tienen un lado oscuro. A pesar de lo estimulante que suena, la realidad puede ser difícil y compleja.
- El estigma de la presunción: En una sociedad que premia la modestia (o la apariencia de ella), manifestar estas capacidades es mal visto. Familiares y colegas suelen interpretar mis virtudes —que no son más que una consecuencia de mi condición— como soberbia o altanería.
- El refugio de la soledad: Debido a las críticas constantes hacia mi conducta o mis conocimientos, he desarrollado una fuerte necesidad de aislamiento. La soledad es mi refugio seguro; un espacio donde puedo pensar, sentir y actuar sin ser juzgado.
¿Pesa la soledad?
Hace mucho que dejó de pesar. En la adolescencia sí dolía; quería encajar e identificarme con un grupo, pero nunca lo logré por completo. Poco a poco, encontré en mi propio mundo un lugar donde no necesitaba permiso para ser yo mismo.
La brecha en el ámbito laboral
Aunque parezca contradictorio, las AACC pueden ser una desventaja laboral. En una ocasión, me convertí en experto en una funcionalidad compleja para un grupo financiero. Dominaba las reglas de negocio y preparé una presentación impecable. Sin embargo, yo no era del equipo de “confianza”: de esos que se dedican a alabar las virtudes del jefe. Siempre privilegié el trabajo sobre la zalamería.
Iluso de mí, asignaron a un compañero como “líder” del proyecto. Al final de mi presentación, él festejó como si hubiera trabajado arduamente. No me importó; el conocimiento adquirido fue mi verdadera recompensa. Esa suele ser la ganancia silenciosa de quienes vivimos con este motor a mil revoluciones.
El mundo sigue girando
Al final, aquel proyecto no avanzó. Mi compañero se quedó con el aplauso momentáneo y yo con un sistema que pocos comprendían. Pero, lejos de la frustración, sentí una satisfacción profunda y privada. El conocimiento adquirido fue mi verdadera ganancia; esa suele ser la recompensa silenciosa de quienes vivimos con Altas Capacidades.
El mundo sigue girando y en él, todos —neurodivergentes y neurotípicos— nos enfrentamos día a día a los mismos retos, cada uno con sus propias ventajas y desventajas. Muchos nos hemos adaptado de manera intuitiva a lo que somos, sorteando críticas y señalamientos a ciegas.
Es solo cuando contamos con un diagnóstico cuando finalmente entendemos que nuestra forma de procesar no es un error de sistema, sino una manera diferente de ser. Sin adjetivos positivos ni negativos, sin superioridad ni victimismo. Simplemente, hacemos lo que podemos con la mente que tenemos, navegando a nuestra propia velocidad en un mundo que, a veces, solo necesita que aprendamos a conducir nuestro propio Ferrari.
Mi playlist de Dire Straits a terminado, al tiempo que también acabé de comer y escribir este ensayo. Me prepararé un café espresso y pondré un álbum de Ashram que nunca he escuchado, y seguro, mi cabeza comenzará a pensar en otra cosa…